08 julio 2011

Política y Medios/Mucho Ruido, ¿cuántas nueces?/ Por Susana Cella

Mucho ruido, ¿cuántas nueces?


Reflexiones en torno al debate Sarlo-678


La visita de Beatriz Sarlo al programa 678 pudo haber quedado en un remoto tiempo en el que fue la noticia del momento. El evento, comentado con notas preescritas, que vindicaban la saga de la colaboradora de La Nación y Clarín con acordes triunfalistas y matices épicos, celebrando victoria en combate desigual, fue como todo un remolino en torno de esa noche. Por lo cual esto podría ser una apostilla a destiempo. Si se piensa en la lógica de actualidad, tal vez sí, pero si se trata de analizar cuestiones que tienen que ver con prácticas discursivas y con el modo en que se afinca un lugar de enunciación, entonces no.


Por Susana Cella*

(para La Tecl@ Eñe)



Pasó hace algunos días y en estos febriles movimientos, habría quedado en un remoto tiempo lo que fue noticia del momento, cuando Beatriz Sarlo visitara el programa 678. El evento, comentado y recomentado con notas preescritas, que vindicaban la saga de la colaboradora de La Nación y Clarín con acordes triunfalistas y matices épicos, celebrando victoria en combate desigual según la idea de que era ella sola contra todos los demás; o en reportajes a la protagonista y en comentarios, a favor y en contra, sucesivos, fue como todo un remolino en torno de esa noche. Por lo cual esto podría ser una apostilla a destiempo. Si se piensa en la lógica de actualidad, tal vez sí, pero si se trata de analizar cuestiones que tienen que ver con prácticas discursivas y con el modo en que se afinca un lugar de enunciación, no. Así por ejemplo, la reivindicación del pluralismo y el debate. Al ver el programa, que quizá tuvo la iniciativa de invitar a esta persona para lograr un rating mayor, la sensación que queda, a contramano de tantas opiniones y fastos encomiando las virtudes del debate, es que allí sucedió muy poco. Reconstruyendo la escena: la mesa del programa, los habituales periodistas, los tres invitados. La cámara enfocando a Sarlo, que no cesó de hablar con los gestos. La postura adoptada tiende a amedrentar al resto, impone miedo ante el intelectual que ostenta un curriculum y más ante la profesora que parecía estar frente a sus alumnos, el rebelde, la alumna descuidada, el aplicado, el mudable, los tímidos. Los tonos contrastaban y era posible figurarse ahí una mesa de examen en la que la profesora evaluaba. Así pudo calificar el video que se mostró como “picadillo de lo peor”, ¿se refería con “lo peor” a la frase de Carrió que celebraba la muerte de Néstor Kirchner? No, y por si quedaban dudas, criticó que se insertara esa frase. Podría haber citado cualquier otro defecto del informe, pero casualmente citó la horrenda frase de Carrió. Si la datación, como quería Sarlo, en su crítica a ese envío, no estaba, cual bibliografía acotada de una tesis, afincarse en eso aleja de lo sustantivo de la declaración (cuya fecha es bastante fácil reponer porque no pudo haber sido dicha antes de la muerte de Néstor Kirchner). Pero incluso, los otros materiales mostrados, aun cuando no tuvieran escrita una fecha, valen como testimonios, igual que lo que ella misma afirmaría respecto de la vigencia del Juicio a las Juntas, porque quedaron grabados. Pero más, pudo haber citado cualquier otra cosa del informe, pero, justamente citó esa referencia. ¿Se podría ver entonces a la enjuta ensayista racional que se esfuerza por entender fenómenos populares, vindicando de algún modo a la extensa señora de las predicciones apocalípticas? ¿Una común ideología podría armonizar razón y profetismo?


La cara contorsionada, las muecas de disgusto como alguien que siente mal olor, la mirada hacia algún lugar que parecía muy distante de donde estaba, llevan a preguntarse ¿cuál sería ese lugar? No es poca pregunta si de lugares de enunciación hablamos. Algo de su larga tarea como profesora no dejó de estar presente. Y se vio en algunas de sus intervenciones como la que exhibió en la conocida maniobra, ante las apelaciones quizá tímidas, de tirar con la erudición, al desplegar su conocimiento de medios europeos y de paso comentar una exposición actual en Berlín, muestra de información al día, que revela el esnobismo de la moda intelectual. Y en este sentido la recurrencia a los “-post” (postmodernismo, pospolítica) parecen indicar un movimiento por el cual continuamente se está pasando a otra cosa, y se clausura lo antecedente que en realidad mienta lo inclausurable: el espesor histórico que no deja de incidir en el presente y aun en el futuro. Por tanto, eludir aquello que fue forjado en décadas anteriores, salvo por un intento de negación maníaca, no puede dejarse de lado, aun para cuestionarlo, reverlo, también, pero no tacharlo o minimizarlo en una frase como “Me resulta difícil creer eso de que los medios influyen sobre la gente, esas teorías tienen más de cuarenta años”, con lo cual podríamos decir que cuando reivindicaba el marxismo, debió calcular que esa teoría tenía ya mucho más de cuarenta años.


Por otra parte, Sarlo no se privó de las chicanas, en recia contrapartida con los otros panelistas, así por ejemplo cuando dijo, que seguro iban a reproducir sus palabras (dando por supuesto que las iban a recortar aviesamente), y por tanto no las iba a repetir. Nadie del resto le hizo ninguna chicana, en realidad, aun cuando se atajó irónicamente de que para no parecer una elitista cosmopolita (en el momento en que se intentaba en vano situar la discusión en torno de la coyuntura nacional actual), iba a remitirse a tres diarios argentinos. Ahora, qué dijo de esos diarios más que la obviedad de que entre La Nación y Página 12 podía ver el panorama ideológico nacional. Y a Clarín lo dejó ahí, entre medio, salvo decirle a Mariotto, en poco sagaz ironía, “te juro que lo compro”.



Siguiendo con una estrategia discursiva que fue marcando todo el tiempo imponiendo los temas y el enfoque citó a una suerte de sentido común o algo así cifrado en la idea de que “las élites engañan” presentado como una idea plebeya que remontó a la Revolución Francesa, un poco anterior a las teorías de la comunicación de los años sesenta que desechó por envejecidas. “Plebeyo”, aclaró para concretizar un poco el término, “lo digo como popular”, poniendo distancia entre esa creencia y la instauración de élite respecto de todos los que estaban presentes en la reunión, claro que la élite también tiene sus jerarquías. Por otra parte, esta observación, no invalida lo que estaba en discusión acerca del papel de los medios, inclusive en esa supuesta desconfianza a las élites.


Quizá esto se entronque directamente con lo que dijo respecto de la memoria. El pueblo argentino, o una entidad similar, abstracta, como si fuera un todo homogéneo, debe revisar su actitud frente al Mundial de Fúltbol del ´78 o frente a Malvinas. Se acude ahí al imperio de los sentimientos, hechos que tocan un punto movilizante: salir, vociferar, albergarse en un permiso perversamente diseñado por la dictadura. La piedra de toque era analizar qué políticas se dio la dictadura para promover una respuesta a esos hechos. Apuntar sólo al recipiendario de ella, y no a sus forjadores, es dejar a oscuras la escena complementaria de la verdad, además del supuesto de que las criticadas identificaciones nacionalistas y plebeyas o populares se equiparan con las políticas dictatoriales. Por más que hayan surgido tales respuestas, el corolario de que la sociedad o alguna entidad englobadora por el estilo es la que tiene que revisar qué hizo, no se equipara a lo que hicieron los que detentaban, a sangre y fuego (y esto no es metáfora), el poder. Ahora, algo más, entre los celebradores de esos hechos y los que los propiciaron, quién habla para decir que deben ser revisados. Ese lugar de enunciación, situado imaginariamente en vaya a saber qué más allá, es lo que, por lo menos tendría que haber suscitado una pregunta. ¿Qué hiciste en la guerra, mamá? ¿Y en la democracia? Pero, según apuntó, de hijos y de libros propios no se habla. El hecho de no tenerlos puede disculpar esa frase forjada en algo que esgrimió como una normativa. Hablar de los hijos es moneda corriente entre las madres. Pero asimismo tal frase como creencia compartida, le evitaba poner en discusión sus teorías sobre el libro que compuso sobre Kirchner. La profesora marcó bibliografía obligatoria, léanlo, y punto. Final.


En el pedido de que los demás revisen, surge una constante de ese discurso que conmina a los otros (varios) a moverse hacia el pasado, esgrimido desde un yo que se erige en árbitro de lo que los demás deben hacer –recordar, arrepentirse, rasgarse las vestiduras, pedir perdón por un pasado ominoso- y exhibe una continuidad en ese lugar desde donde se predica y que se muestra exento de volver sobre su propia historia política e intelectual, que no se clausura por la simple declaración de que se ha clausurado. Los escritos en Los Libros o en Punto de Vista también siguiendo la línea del deber, deben ser revisados. Pero al parecer, el discurso se lanza desde una posición que ordena los hechos, los adjetiva, los implanta como núcleos significativos frente a los cuales parece imposible plantear otros. Ejemplo, instaurar una escena –donde en hábil maniobra discursiva se apela a los sentimientos- la de que los chicos muertos en el hundimiento del General Belgrano. “A ellos les debemos la democracia”.


No se mencionan aquí las múltiples luchas que hubo contra la dictadura. Hay una figura retórica que se llama sinécdoque, y que, para decirlo en breve significa mentar la parte por el todo. Y bien, esa figura es utilizada en este discurso, pero, con una no poco importante torsión: la parte mostrada configura un intento de totalidad parcial, sirve para instaurar hitos en el devenir histórico. La democracia se habría dado porque perdimos la insensata guerra de Malvinas, faltaba decir que no es la primera vez que una dictadura latinoamericana de pronto hace algo que confronta al imperio y apela a sentimientos nacionales, de los cuales poco sabe o quiere saber, digo, de ambas cosas, de sentimientos y de nación. Ella no festejó el Mundial 78 (quizá no supo que presos de la dictadura se interesaron por los partidos), porque más que de seguro no tiene idea de lo que un Mundial de fútbol significa o bien son cosas de la plebe que ni habla de política ni hace otra cosa que pensar que las élites la engañan o corre atrás de algún astuto –sin ton ni son- que las lleva a la gassetiana rebelión de las masas.
Con el incorregible defecto de sancionar y establecer según un criterio ordenador (que puede ser refutado por otros ordenamientos) declara o más bien establece que el Juicio a las Juntas fue un acto fundante, “más allá de la obediencia debida y el punto final”, y lo fue, siguiendo la lógica mediática, porque quedó registrado en la televisión. ¿Basta eso? ¿Y los efectos de tal ley? Por otra parte, si a medios y no sólo a medios nos referimos, también quedó registrado en la televisión “La casa está en orden, felices Pascuas”.
Según declaró, lo político apenas interesa a un mínimo porcentaje, frente a una mayoría que no habla de política. En todo caso, podría aducirse, esa supuesta mayoría seguramente no habla en términos teóricos, pero sí habla en un imaginario en el que saberes de experiencia se vehiculizan en una mezcolanza con dichos, mensajes mediáticos, prácticas adaptativas o de resistencia. Y entonces, el tema Mundial 78 o Malvinas se complejiza en un heterogéneo espectro donde hay que considerar, entre muchas otras cosas, la noción ya bien conocida de lo que son los efectos del terror (silencio, acatamiento, deseo de supervivencia, y también, identificación con el agresor). En lugar del “estoy de acuerdo”, alguien, más que cercano a la lógica de Sarlo, podría haber respondido a esto mentando esas cuestiones, pero insisto, cuando prevalece ese compartido discurso abstracto, difícilmente pueda suceder tal cosa cuando la concesión prevalece.


Fijar los temas fue lo que implantó el discurso de Sarlo, en perfecta sintonía con la lógica massmediática. ¿Y la intervención crítica en cuanto a mostrar los supuestos en los que se apoyan los discursos? Una imagen altiva, mirando desde el atalaya del censor que amonesta e intimida, fue lo que representó, porque mucho de teatralización uno podía ver en esas imágenes, en las sucesivas miradas oblicuas y dirigidas vaya a saber a qué imaginaria altura, en el personaje que armó, en la fachada. Erigida como sujeto supuesto saber, el discurso ostentado soslayó la conflictiva construcción de un pensamiento, sin lugar para la duda o el cuestionamiento que la habría tenido que incluir, para en cambio anclarse en la afirmación y la sentencia. Y ante la pregunta incómoda, reta a Mariotto o ataca a Barone con esa frasecita, “conmigo no”, convertida luego en ring-tone. Triste destino para alguien que alguna vez leyó a Theodor Adorno y su rechazo a ser fagocitado por el mundo administrado. “Nadie le da letra a nadie”, dijo, inverosímilmente para un lector de Adorno, en cambio.


El supuesto debate, que no es sentarse en una misma mesa –en donde cada comensal tiene su lugar previsto como no dejan de mostrarnos ciertas novelas- sino poner de manifiesto las lógicas que organizan cada discurso, fue no tanto sutil como mediocremente dejado al costado. Si en algún momento surgía una pregunta directa, cito dos, la de Mariotto preguntándole si ella le daba letra a Clarín o Clarín a ella, la profesora mandó al alumno a callar: ¡No sea insolente! Habría faltado que le dijera “está reprobado”. Del mismo modo “retó” a la alumna Russo por emplear un término coloquial, cuando, la profesora, en su propio discurso, visible en particular en sus ironías, no deja, cosa que no es para nada criticable, de mechar sus dichos usando varios registros donde el habla cotidiana no está ausente. Y la otra, una pregunta, que podría parecer el colmo de la inocencia, en este contexto, fue la de pedirle que hablara de la situación nacional. ¿Cuál sería la expectativa a tan general pregunta? Seguramente la de que trazara un panorama de las fuerzas en conflicto, de los sectores diversos y sus intereses, aun cuando lo hiciera desde su particular óptica. Quizá esto podría haber movido a réplica. Pero no, en la permanente deriva, Sarlo volvió a la sinécdoque, en ese uso particular que muestra claramente la utilización ideológica de una figura discursiva. De manera que podría decirse que ni sinécdoque cabría llamar a esta maniobra por la cual, lo que serían puntos nodales a confrontar quedan soslayados cuando se sale por tangentes: el poder –se le pregunta- y ella indica que es algo así como otra bolilla del programa del curso, que no tendría relación (y esto es discutible incluso en términos de los contenidos de un curso a dictar), con los medios. Se le podría haber replicado qué piensa de la ideología y de los aparatos ideológicos, no sólo del Estado, cosa que tal vez la habría llevado a reiterar la manipulación de los medios por parte del gobierno nacional, sino, y más, y en esta coyuntura globalizada, de los aparatos ideológicos de un poder mayor que el de los Estados, el poder de las corporaciones, que incluyen a los monopolios de la comunicación. Sabemos que leyó a Althusser y también al Lenin de El imperialismo etapa superior del capitalismo, y seguramente, más, en sus andanzas por la postmodernidad, a Jameson, y su postmodernismo como lógica del capitalismo tardío. Por tanto, dichas lecturas podrían haberle sido recordadas cuando eludió temas como el poder desligándolo curiosamente de la prensa. Con certero bisturí los separó y se afincó en algo que más bien apuntaba a técnicas de producción con lo cual pudo emparejar las operaciones mediáticas a la edición de una nota periodística. Tal emparejamiento le permitía hacer una suerte de teoría de los dos demonios televisiva por la cual TN y la Televisión pública serían similares, aunque, por algún comentario que hizo sobre el programa de Zotowliagda y Tenembaum, o la presencia de ella y González en el programa de M. L. Santillán, el pluralismo iba cayendo para el lado del multimedio. ¿La ley de Comunicación mentada por Mariotto? Ausente con aviso en los “análisis” de Sarlo.


Salir por un costado ante la pregunta muy concreta de cómo veía la situación política actual, evitó el panorama de conjunto para hablar de las elecciones en Santa Fe, con lo que volvemos a esa falsa sinécdoque, tan socorrida en este discurso. Desvío de nuevo a una particularidad que le permitió eludir la respuesta requerida. Y respecto de las de la ciudad de Buenos Aires, habló de un retroceso digamos, “republicano”, para criticar el modo en que se había elegido al candidato a Jefe de Gobierno por parte del Frente para la Victoria. ¿Postulación de Macri? ¿Confección de otras listas un tanto curiosas? De eso no se habla. Y no habló, salvo declarar que no va a votar a Macri, dicho en tono más bien burlón a Mariotto. ¿Retroceso respecto de qué progreso? Quizá tendría que recordar a un autor sobre el que ha escrito, Walter Benjamin.


Por último y no menor. Un adjetivo reiterado. Calificó Sarlo varios hechos sociales y políticos de “interesantes”. El adjetivo cuando no da vida, mata, decía un poeta chileno, que no fue Neruda. Otro escritor del subcontinente criticaba las adjetivaciones, por ejemplo, de un paisaje, como “admirable”, o algo por el estilo sosteniendo que nada significaban si no se ponía en concreto qué cosa lo hacía admirable. Y lo mismo podríamos decir de ese repetido “interesante”, frente al cual surgen sucesivas las preguntas: ¿por qué? ¿para quién? ¿para qué? Sólo decir “interesante” evita alguna calificación del sentido o sentidos que puede tener algo porque interesante implica que despierta interés, sin que quede en claro qué valor se le adjudica, respecto de qué, si se lo ve como algo positivo o negativo en relación con un proceso social, político, histórico. Es un adjetivo que no compromete, más allá de su propia y pretendida enuncaición, simultáneamente ni a quien lo esboza, ni al objeto de ese discurso en tanto valoración. Interesante obtura la intervención crítica, porque se califica de un modo neutral que sirve lo mismo para un barrido que para un fregado. Es un adjetivo que implanta el descompromiso, de manera que aquello que involucra sentimientos, pasiones, sufrimiento, laceraciones, queda en un vagaroso terreno de lo meramente opinable por quienes ven la historia como un paramecio bajo la lupa.


*Poeta, novelista y ensayista. Profesora titular en la carrera de Letras de la UBA y colabora habitualmente en la sección libros de Radar, tiene a su cargo una sección de libros en la revista Caras y Caretas y dirige el Departamento de Literatura y Sociedad del Centro Cultural de la Cooperación.

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