07 septiembre 2010

Política y Sociedad/María Pía López/Legajos y acontecimientos

Legajos y acontecimientos
Por María Pía López*

(para La Tecl@ Eñe)


En junio del 2006, un estudiante de Ciencias políticas me contó que su madre le había revelado su condición de ex detenida-desaparecida recién después del acto del 24 de marzo de ese año en la ESMA. Hasta ese momento, el miedo y la vergüenza habían tramado el silencio. En estos días de 2010, Beatriz Sarlo narra una conversación telefónica con una persona que sólo pudo declarar su homosexualidad ante su entorno cercano después de la aprobación de la ley de matrimonio igualitario. Frente al acto en la mayor mazmorra del país, hubo cuestionamientos al gobierno que lo llevó adelante: señalaban la escasez de sus antecedentes militantes para justificar su enfática lucha contemporánea por los derechos humanos. Ante el impulso gubernamental de la ley que garantiza la igualdad de derechos matrimoniales, Sarlo reclama la misma impertinencia y recuerda que esa ley fue elaborada por diputadas que no pertenecen a la primera minoría.
En ambos casos, se constituye el mismo escenario: existe un conjunto de movimientos y de luchas que antecede al gobierno pero éste retoma sus enunciados y pone su fuerza política al servicio de su realización. Lo hace sin que sus credenciales los habiliten como expertos en esas temáticas pero el encuentro entre los que no parecen destinados a ese combate y los valores surgidos de las luchas anteriores permite la concreción. Y ella abre un espacio nuevo, que ya no es el de las minorías activas que lo sostuvieron ni el de la fuerza política que las inscribe desde el Estado, sino el de una ampliación de derechos y expresiones que interpela, modificándolas, a las personas.
Ahí transcurre algo del orden del acontecimiento, en tanto se produce un umbral o una inauguración que habilita un reconocimiento que no estaba dado por las condiciones políticas anteriores. ¿Quién puede reclamar su propiedad? Todos pueden reclamarla: los grupos que lo originaron, aquellos que los retomaron e impulsaron, los que reciben los efectos que les resultan inesperados. Importan poco esas demandas, que son parte del juego de los conflictos públicos. Importa, sí, el hecho inaugural, lo que hace que una sociedad amplíe sus márgenes de libertad, las posibilidades de actuar y decir.
¿Se puede ser fiel a lo que se inaugura sin solicitarlo desde lógicas de la propiedad? ¿Hay modos de acompañar y expandir lo que sucede sin solicitar su fijación a una lógica que le es anterior? El momento político actual compone esas instancias de apertura y creación con la reposición de formas heredadas, de liturgias legadas, de lenguajes que sostienen posiciones amasadas en la historia. Nadie está exento de los compromisos con esas repeticiones, que asolan aún los pensamientos que se intentan más libertarios. No lo están las articulaciones político-partidarias, ni la enunciación de los movimientos sociales, ni los discursos públicos de los intelectuales.
La idea misma de intelectual, que tantos arrojamos a la esfera pública, no siempre con el cuidado necesario, porta estos dilemas. Supone un tipo de enunciación que puede fundar su genealogía más prestigiosa en la idea de crítica. O que oscila, si lo pensamos en el mapa de nuestras izquierdas, entre la idea de un intelectual orgánico y un intelectual crítico. El uno proveniente del enlace fructífero con las argamasas políticas y sociales; el otro centrado en la necesidad de señalar, cual tábano, aquello que persiste sin redención o que merece un cuestionamiento en relación a un modelo de sociedad al que el intelectual apuesta. Son formas no sólo prestigiosas sino también productivas: grandes obras han surgido de esas tradiciones. Basta pensar, en Argentina, a intelectuales como John William Cooke o León Rozitchner; Rodolfo Walsh o David Viñas, para percibir el enlace entre los textos, los análisis, las creaciones y los modos de posicionarse como figuras públicas.
No hay menos politicidad en uno que en otro. En el que asume sus compromisos con ciertas instituciones que el que actúa como proscrito –como pensaba Martínez Estrada- o como francotirador. Pero sí hay algo de inactualidad de esos modos, que parecen suplantados hoy, mayoritariamente, por un tipo universitario concentrado en la experticia y la disciplina. A veces reaparecen como reclamos -hay que incorporarse a la vida del movimiento social o hay que ser críticos a tal o cual situación-, otras como nostalgia de un momento más potente de las palabras. Quizás la época merezca más que esas ideas de crítica y de compromiso, obligando a otro tipo de búsqueda y a otra forma de arrojo.
¿Decimos esto para llamar a un conformismo con la actualidad? ¿Para solicitar el develamiento de lo real antes que la intervención activa sobre el presente? Más bien lo contrario, se trata de abrir, profundizar y expandir lo que las aguas de la época arrastran de transformación, de apertura y de emancipación. Y para hacerlo es necesario situar la discusión sobre aquello que funge como obstáculo y rémora. En ese sentido, la crítica no presupondría la exterioridad del proscrito sino la distinción de lo que detiene o bloquea. Se trata de valorizar antes que situar lo existente frente a un modelo ideal o una abstracción ideológica.
Hasta ahora, en muchos momentos, fue posible y exitosa la composición entre antiguas estructuras políticas y motivos novedosos de la lucha social. Sin embargo, ante temas no tratados en la agenda pública, parece reponerse el peso de lo heredado. ¿O no están ligados una concepción economicista de la vida social, con el destrato de la cuestión de la explotación de los recursos naturales, y, fundamentalmente, con la existencia de poderes partidarios que organizan la vida política en distintos territorios? La cuestión “San Juan” encierra dramáticamente esas cuestiones que van desde la renta minera a un justicialismo conservador que se manifestó, en esas calles, del brazo con la iglesia contra la ampliación de los derechos civiles.
“San Juan” sería un nombre, si se me permite este rito bautismal, de los dilemas que enfrenta el gobierno nacional ante el horizonte electoral: hubo una foto desdichada de la presidenta con los directivos de la Barrick Gold y el actual gobernador de aquella provincia suena como posible candidato a vicepresidente. Entre quienes defienden ese camino suena una constatación: el fracaso de la Concertación, sellado una madrugada fría con un voto no positivo, sólo dejaría la alternativa de un ultrapartidario para la fórmula oficialista. Se trata del amparo en un tipo de política que puede garantizar lealtad por su pertenencia a un sistema de pactos que condenan lo más innovador del gobierno actual.
Las cuestiones en juego son biopolíticas: hacen al cuerpo y a la naturaleza. Constituyen el corazón del modo de acumulación vigente. Pero también acarrean los dilemas de la subjetivación política. Este tiempo es bien propicio en Argentina: la emancipación es una de las posibilidades en juego. En pocos momentos ocurrió algo así. Por lo mismo, expandir sus condiciones exige tanta afirmación de lo abierto en el presente como certero diagnóstico de sus dilemas.
*Socióloga y ensayista. Docente e investigadora en la Universidad de Buenos Aires.

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