28 diciembre 2012

Especial Ley de Medios/La ley de Medios y un Cuento de Navidad7Por Susana Cella


La ley de Medios y un Cuento de Navidad

Por Susana Cella*
(especial para La Tecl@ Eñe)

Calificadas opiniones, y de las otras también, ha habido en un lapso mucho mayor que el de estos tres largos años de maniobras dilatorias para que se aplique una ley que viene a terminar con una de las tantas imposiciones del poder cívico militar plenamente asentado en nuestro país desde 1976 hasta 2003. De modo que si algo digo, si se me convoca a decir algo sobre esta especie de camino no exento de piedras, escollos, escarpadas pendientes, huecos escondidos o disimulados, palabras dichas y escritas, rúbricas y cuestionamientos, lo hago desde un lugar no afincado en el saber de leyes o instituciones (con todo lo que tal cosa implica y habilita) sino en un deseo y una ilusión, cosas que por estos días navideños no dejan de abundar en saludos múltiples y anhelos de dicha y paz.
De los que también participo. No me gustan las racionalizaciones (uso este término en sentido psicoanalítico)  destructoras de formas de la comunicación afectiva, a partir de algo que nos interpele, lo que me lleva a evocar a uno de esos grandes personajes que tanto dicen respecto de la amargura enraizada que rechaza las Fiestas y con ellas, los afectos y más, valores.
Hace ya mucho tiempo que cada diciembre me llega, de un modo u otro, el más famoso de los cuentos de Navidad de Charles Dickens, el del misántropo y avaro Ebenezer Scrooge, al que visita primero, el fantasma de su socio, quien arrastra su condena por haber hecho lo que hizo y sido lo que fue, en resumen, un miserable en vida, y le anuncia para esa noche la visita de los espíritus de las Navidades pasadas, presente y futura, cosa que efectivamente sucede, y al cabo de lo cual, Scrooge modifica absolutamente su actitud. Numerosas versiones cinematográficas fueron reiterando, cada cual con sus variaciones, pero siempre en similar desenlace, la historia de ese ser odioso y el final feliz, cargado de sentimentalismo, según se observó, además de idealizado. Pero con todo, esa historia persiste, como los saludos y las postales de Navidad.
Pude ver en estos días una versión algo diferente en un film donde Bill Murray protagonizaba a un empresario de la televisión, que precisamente iba a transmitir, en Navidad, la historia de Dickens pero convertida en una especie de cachivache en clave de espectáculo, durante cuya realización no dejaba de mostrar su absoluta indiferencia o su desprecio y suspicacia por cada uno de los que tenía alrededor. En sus pertrechadas oficinas en las alturas de la ciudad, en el estudio de grabación, en la calle, se le fueron apareciendo los fantasmas primero de su viejo patrón y luego los de las Navidades, pero también surgieron  en esos lugares, las vivas presencias de su amada, de la secretaria, de un sujeto bastante trepador que intentaba reemplazarlo, de otro empresario que insistía en que siguiera su misma lógica mediática, etc. Aggiornados seguían estando ahí varios de los personajes dickensianos. También en este film, el protagonista cambia de conducta, ante las pantallas proclama la solidaridad, y hasta el máximo director de esa corporación (Robert Mitchum) termina aceptándolo.
Me imaginé entonces, al empresario Magnetto visitado por tales espíritus, rememorando sus días de infancia y juventud, algún amor si lo tuvo, algo, cualquier cosa que pudiera haber querido y consecuentemente olvidado en la prosecución de su carrera. Pero el espíritu de las Navidades pasadas fue a dar a los años en que brindaba con Videla y la Señora Noble, y con dos chicos oscuramente adoptados, que recibían regalitos de Reyes. A diferencia de la historia de Dickens surgió entonces un gran baile de máscaras, una noche de aquelarre en la que él mismo y muchos otros se endosaban caretas y se las iban cambiando, según les fuera conviniendo, durante varias Navidades, varias décadas. En verdad, el espíritu de las Navidades pasadas, no dejaba aquí sueños perdidos y ambiciones tristes, sino un sucio páramo de estafas, coacciones y crímenes. Si la función del Espíritu de las Navidades presentes era hacerle tomar conciencia a Scrooge de lo que sucedía con un espectro social vario que abarcaba desde su sobrino, quien no padecía carencias, pero sí quería que las cosas fueran más justas; a su empleado, al que explotaba sin saber o sin importarle qué pasaba con él y su familia, y, extendiendo la cosa, a los que no tenían cobijo ni alimento, me encontré con que en el caso de Magnetto, no hacía falta recordarle ni revelarle nada, porque sabe más que bien qué pasa con todos ellos, empleados, despedidos, pobres en general, lo sabe desde las anteriores Navidades, cuando mientras para algunos eran festejo o aturdimiento, para muchos eran dolor de ausencia y sufrimiento en cuerpo y alma. De las Navidades futuras, vaya a saber, pero es más que improbable que un futuro de condena u olvido le importase mucho, inclusive cuando haya visto que algunos de sus cómplices de las Navidades pasadas hoy anden execrados y condenados, como el Espíritu con aspecto de Parca le mostraba a Ebenezer, el que, además, vale recordar, no era sino un comerciante o prestamista, y no un poderoso noble ni un representante del poder. La parodia de Bill Murray, en cierto sentido, anda por el mismo camino, por más que su personaje televisivo, más notorio que el negociante inglés, sea más influyente, tampoco es el verdadero centro del poder, en todo caso su conversión podría, como en el caso de la historia de Dickens, favorecer a algunos, pero la estructura queda intacta. Quizá Mitchum (mejor dicho, el personaje que actúa Mitchum) celebre la gran ocurrencia de su empleado calculando los beneficios de lo que bien podía ver como una ingeniosa resolución, para su empresa.  
Imposible, entonces, pese a una fugaz ilusión, hacer un cuentito de Navidad dickensiano protagonizado por Magnetto  (nombro a este sólo en tanto cierto carácter representativo, cara visible de un poder al que sólo sirve). Desde luego, entre otras cosas, porque aquella perspectiva de Dickens no es sino coherente con algunas ideas suyas sobre la sociedad, que son más que difíciles de compartir. Y aun, aunque no se trate de que la solución anide en un cambio moral en un personaje de clase media, el cuento sigue teniendo su atractivo en el reservorio de cuentos populares y tradicionales porque sostiene una esperanza. Seguramente no la de que los malos se transformen en buenos, sino más bien, de que sea posible modificar un orden de cosas que quizá algunos en megalomanía, quieren invariable. Ahí se me aparece la Ley de Medios como la punta de un iceberg, siguiendo con mis asociaciones literarias, ya no dickensianas. 
La parte grande del bloque duro y helado, la que se esconde en aguas turbulentas, tiene que ver con las instituciones en su conjunto en lo que atañe a la misma estructura política y a la organización de la sociedad. Mi perpleja pregunta (ingenua, podría ser, pero ingenua en el sentido del Traje del Emperador) es cómo es posible que una ley discutida, aprobada e incluso recientemente declarada constitucional, no se pueda aplicar. ¿Qué pasa con los tres Poderes, tan abundantemente elogiados en la organización republicana? Fuerte es el silencio, fuertes las presiones, fuerte la fuerza que siguen detentando los que mandan por sobre gobiernos y estamentos sociales e institucionales. Quizá abuse ahora de imágenes vistas recientemente en la televisión, pero quisiera citar otra, un documental sobre una escuelita en la Puna, donde un grupo de maestros admirables, entre las rocas y los caminos terrosos, hacen que sus alumnos no sólo puedan convertir cactus secos en objetos de uso y belleza, sino que también, difundan, en una radio, sus voces, cargadas de experiencia y sentido, sus entonaciones, y que, como dice una de las maestras, puedan saber de su valor, de su dignidad, de que no son menos que otros más blancos y sin la competencia idiomática de ellos que saben hablar dos lenguas.
La Ley de Medios, al darles espacio, posibilita que esas voces y esos medios, desprecarizados, puedan lograr además de una llegada amplia, una creciente calidad. Quizá, en esta pequeña anécdota se me objete que cierto sentimentalismo dickensiano me invade, sin embargo, no se trata de eso, en tanto no confundo sentimentalismo como golpe bajo y efectista (del que por otra parte se sirven cuando les conviene los medios hegemónicos), con sensibilidad ante lo que nos concierne como sociedad múltiple, heterogénea y por lo mismo con mayores riquezas que la poca exhibida en chatura y tontería, por decir lo menos, transmitida y retransmitida respecto de lo que le pasó o le pasa por ejemplo, a una vedette, a un actorcito, a su amante, socio, marido o lo que fuera, y, peor todavía, más que chatura y tontería, en la repetición y re-repetición de opiniones de opinadores autoproclamados como inteligentes, “libres”, “críticos”, cuestionadores y similares calificativos bastardeados.
Mi ingenua pregunta no lo es. Enfrentar aquello que busca hegemonizar y naturalizar una ideología, armar un imaginario favorable a la reproducción de un orden desigual es cosa difícil. Y mucho, porque se enfrentan grandes intereses que reafirman en la defensa de su hegemonía cultural, la de su privilegio económico. Aun en el propio Imperio, aun con esos argumentos de combatir prácticas monopólicas, se entrevé, en los intersticios que dejan ver imágenes tan disímiles como las de Bush y Obama, quiénes deciden y trazan las reglas. De ahí la magnitud del desafío que explica los tres años y mucho más que indudablemente, a diferencia de la romántica historia de Scrooge no se resuelve en una noche.


* Poeta y novelista. Profesora titular de la carrera de Letras, UBA. Colabora habitualmente en la sección libros de Radar. Tiene a su cargo una sección en la revista Caras y Caretas y dirige el Departamento de Literatura y Sociedad del Centro Cultural de la Cooperación.


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