06 mayo 2012

Política y Sociedad/ El nacionalismo y la época/Por Edgardo Mocca


El nacionalismo y la época

Por Edgardo Mocca*
(para La Tecl@ Eñe)

                Los meses transcurridos desde que Cristina Kirchner asumió su segundo período presidencial están atravesados por la puesta en primer plano de la cuestión nacional. La intensificación de la presión diplomática sobre Gran Bretaña en reclamo del diálogo bilateral por la soberanía en las Malvinas y la querella con las empresas privadas concesionarias de la explotación de los hidrocarburos, que culminó con la expropiación de la mayoría accionaria de YPF al grupo Repsol pusieron en el centro de la atención la defensa de nuestra integridad territorial  y de nuestro patrimonio.

                Se trata de una materia que tiene profundas raíces en nuestra historia y en la de toda América Latina. Reabre inevitablemente viejas contiendas culturales que, en buena medida, dieron forma a nuestro paisaje político-cultural. Los grandes movimientos políticos populares del siglo XX y las resistencias que se le opusieron, los intensos debates de los años sesenta del siglo pasado alrededor del problema de la dependencia y la pretensión neoliberal de los noventa de suprimir de raíz el problema incorporando a nuestro país en el indiferenciado torrente de la globalización capitalista son algunos de los tramos más salientes del largo itinerario de esta polémica ideológica. No es extraño que la recuperación de la principal empresa petrolera haya reabierto la discusión. El hecho de que el peronismo haya sido motor principal del proceso de privatización y desnacionalización de los años noventa y promotor de una política de recuperación a partir de la asunción de Kirchner constituye una pregunta crucial sobre la naturaleza y la vigencia del más importante movimiento político del último siglo.
                El nacionalismo argentino tiene una naturaleza contradictoria. Puede reconocérselo en las leyes de persecución contra los trabajadores extranjeros y en las campañas de la última dictadura contra la “campaña antiargentina que viene del exterior, usada como herramienta contra la movilización en defensa de los derechos humanos contra el terrorismo de Estado, como en las luchas por la afirmación de nuestra soberanía contra las diversas formas de neocolonialismo que atraviesan nuestra historia. Hay un nacionalismo autoritario y otro democrático. Hay un nacionalismo unanimista, que borra las diferencias y los conflictos y otro plural que se nutre de la diversidad social y cultural. Y ciertamente las fronteras entre las diferentes concepciones nacionalistas no son precisas ni rígidas; son permanentemente reactualizadas y transformadas por la acción política. La actual ofensiva por la cuestión Malvinas es un ejemplo de cómo se entrecruzan en la afirmación nacionalista elementos de reivindicación de un orden nacional más justo y democrático, la demanda contra el militarismo y el rechazo de la aventura militar de 1982 con la reivindicación sin matices de aquella ocupación y los odios y rencores indiscriminados contra Inglaterra. Ese límite impreciso y cambiante entre los diferentes nacionalismos es crucial para cualquier iniciativa política que se reclame popular y democrática.
                ¿Cuál es el contenido principal que va asumiendo en nuestros días la polémica sobre el nacionalismo? Me arriesgo a decir que la discusión está “contaminada” por un contexto de época mundial cuyo significado y proyección no estamos en condiciones de capturar en plenitud. En la discusión política y parlamentaria sobre la expropiación del grupo Repsol ha habido algo así como otro debate presente en forma de fantasma: qué hizo cada quién en los tiempos de la privatización de YPF. Como no puede ser de otra manera, la pregunta apareció en modo de chicana para revisar aspectos de las conductas personales y partidarias de aquellos tiempos, poco defendibles en el actual clima político. Es una narrativa de la historia en clave de coherencia individual y colectiva en materia de principios y valores. Aún cuando muy valiosa, a esa retrospectiva debería agregársele una reflexión sobre la transformación cultural que sufrió el conjunto de la sociedad argentina y su relación con procesos de cambio que recorren la región y forman parte de una agenda mundial también transformada. Es lícito preguntarse por qué hoy la nacionalización de YPF tiene un porcentaje abrumador de opiniones favorables en la población, muy parecido al que hace veinte años tenía el proceso de privatización impulsado por el menemismo.  Por qué las posturas nacionalistas que entonces lucían como ecos nostálgicos de tiempos idos, hoy están cargados de fuerza y de futuro.
                Lo que está implícito es un balance sobre el neoliberalismo, la comparación entre su ampulosa promesa y su desventurada realidad. En un primer nivel están las cuestiones económicas, las que constituyen la esfera del bienestar y se relacionan con las posibilidades de consumo. Es el primer nivel porque se trata del corazón de la promesa neoliberal, que no hablaba de comunidad ni de identidades colectivas, ni de grandezas nacionales: se remitía centralmente al más cerrado y autocentrado cálculo de caja. En ese nivel el neoliberalismo ya ha cerrado su balance en la región latinoamericana. Ha dejado a sus sociedades, en general, más pobres, más desiguales, más desintegradas. El signo político general de comienzos de este siglo en la región es de recusación de las recetas del consenso de Washington y busca de caminos alternativos, de gran diversidad según la experiencia y trayectoria de cada nación y el tipo de liderazgo emergente en ellas. La ruta de lo que se ha llamado el posneoliberalismo latinoamericana incluye la cuestión económica pero la excede largamente: tiene fuertes componentes de recuperación histórico-cultural, de reaparición de viejos símbolos y viejas palabras, capaces de hablar en la nueva época. La cuestión nacional ha resucitado en la región, particularmente en el sur. Y lo ha hecho con un sello integrador, reivindicador de la “patria grande”, de los sueños de los padres fundadores de nuestras naciones. Es un tipo de patriotismo profundamente anclado en la historia de nuestros orígenes político-estatales y claramente proyectado hacia el horizonte de un mundo global en el que las regiones serán sujetos políticos primordiales. Eso es el Mercosur, la Unasur, el Alba. Todavía representan más una voluntad política que una concreción fáctica, pero es un camino del que nadie, ni los gobiernos más afines a los Estados Unidos, quieren apartarse. Este nacionalismo de época en la región, ampliado a la perspectiva regional,  es unánimemente democrático, plural y pacifista, aún en la alta conflictividad que adquiere en algunas de nuestras patrias. 
                Tampoco puede divorciarse el impulso nacionalista de los procesos que se desarrollan fuera de nuestra región. En primer lugar de la intensa crisis que envuelve al capitalismo global y tiene su epicentro en Europa. Allí también las recetas del capitalismo financierizado han dejado profundas huellas de retroceso social en la región en la que nació y creció como en ningún otro sitio el capítulo sociopolítico más rescatable de la historia de la modernidad capitalista, el de los “estados de bienestar”, nacidos en lo fundamental después de la segunda guerra mundial. El gran modelo de integración supranacional, la Unión Europea, giró de un gran proyecto político de ampliación de los derechos sociales a un espacio abierto a la expansión de los grupos económico-financieros más poderosos y debilitado en su capacidad política de control de los mercados. En los países de Europa más afectados por la crisis se ha reabierto la cuestión social, bajo la forma del desempleo masivo y el recorte generalizado de los instrumentos de la seguridad social. Pero también se han reabierto la cuestión democrática y la cuestión nacional. La región que supo ser desde 1945 un modelo de institucionalidad democrática para nuestras sociedades zamarreadas por la inestabilidad y la ilegalidad política se encuentra hoy ante una curiosa situación: sus constituciones nacionales, sus sistemas de partido, sus regímenes de política social, el conjunto de su estructura política se encuentra fácticamente subordinada a poderes extranacionales no elegidos por su ciudadanía. El último hito –provisoriamente- de este itinerario es el llamado pacto fiscal que compromete a sus países miembros a incluir nada menos que en sus constituciones, unas cláusulas que limitan el déficit fiscal aceptable. Aceptable, claro está, según los criterios de la tecnoburocracia del Banco Central Europeo en alianza con sus colegas del FMI. Es decir, las democracias europeas son, crecientemente, democracias que no deciden, lo que vulnera el más elástico de los criterios para definir ese régimen de gobierno.
                Los países europeos tienen también frente a sí la cuestión nacional. Los modos de constitución real de la Unión Europea han profundizado las desigualdades de desarrollo de sus naciones. Buena parte de la futura evolución de la crisis por la que atraviesan depende de decisiones que se toman fuera de los estados nacionales democráticos, en el gobierno de la Unión. Y esas decisiones están sumamente condicionadas por el rumbo que, en cada momento, encare la principal de las potencias del área, Alemania. No hace falta decir nada acerca de la explosividad potencial que tiene este problema, a la vista de la historia europea desde comienzos de siglo XX hasta 1945. La perspectiva nacional, claramente abandonada por las socialdemocracias reconvertidas al ideario de la democracia liberal y del liberalismo económico en los tiempos de la “tercera vía” propugnada particularmente por sus destacamentos inglés y alemán, flota en un peligroso vacío que las ultraderechas están intentando ocupar. El rencor nacional tiene terreno fértil en nuevas y empeoradas condiciones de vida sociales de los pueblos. Fácilmente se puede amalgamar la xenofobia contra los trabajadores inmigrantes y el resentimiento contra Alemania, el hermano mayor cuyos arbitrios conducen al conjunto de los países de la región. No hay a la vista una fuerza y un ideario orgánico que articule la cuestión nacional con la democracia y la cuestión social, vacío ciertamente muy amenazante. Lo demuestra acabadamente el espectacular avance de la candidata de ultraderecha Marine Le Pen en la primera vuelta electoral francesa.
                La reaparición del tema nacional se engarza también con las modificaciones geopolíticas que existen y las que se insinúan. El mapa mundial ha cambiado desde la desaparición de la Unión Soviética y el fin de la guerra fría hasta la actualidad. De la hegemonía incontestada de los Estados Unidos se ha pasado a un orden inestable en el que este país conserva su liderazgo mundial pero en condiciones limitadas por nuevos actores y nuevos reagrupamientos regionales. El lugar de China y su vecindario asiático es el primero de los vectores que cambian la distribución política del poder. Y a eso se suma la emergencia de nuevos países y agrupamientos regionales con pretensión de convertirse en jugadores globales. El grupo BRICS (Brasil, Rusia, India, China y Sudáfrica) es el principal de estos agrupamientos. La presencia de Brasil en este nuevo tablero global es inseparable conceptualmente de la nueva situación en América del Sur y entraña una gran oportunidad para nuestro país, en el contexto de nuestra alianza estratégica en el Mercosur y de nuestro impulso compartido de la Unasur.
                Los vientos nacionalistas (acaso sería mejor llamarlos patrióticos) que recorren nuestro país no son, como los quiere mostrar cierta derecha, una ocurrencia oficial que intenta manipular sentimientos para sostener su poder. Nuestro país es parte integrante, y también activo impulsor, de una nueva escena mundial. Del agotamiento de una etapa del capitalismo mundial nacida con la crisis de mediados de los setenta que transformó el paradigma keynesiano-fordista en el sueño, devenido pesadilla, neoliberal y cosmopolita del capitalismo financiarizado. Nadie puede predecir el futuro de esta crisis. Lo más que podemos hacer, desde una perspectiva popular y democrática es apostar a un mundo en el que los procesos de afirmación de las soberanías nacionales, ampliadas a escala regional, se afirmen en la consolidación y recuperación de derechos sociales y en la profundización de las prácticas de la soberanía popular. 

* Politólogo

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