22 marzo 2012

Política, Lenguaje y Sociedad/Las arboledas del lenguaje/Por Horacio González



Las arboledas del lenguaje

Por Horacio González*
(para La Tecl@ Eñe)

Ilustración: Graciela Bello

No digo nada nuevo si compruebo, con la mera experiencia del hablante, que en el lenguaje hay diversos planos que actúan sin cesar, combinados o bien de a uno por vez, dando como resultado lo que somos cuando hablamos. Estos planos fueron bien estudiados por la lingüística institucional, pero apenas me limitaré a mencionar lo que imagino que son dos instancias obvias de las tantas que pueden indicarse. Las llamaré tomando prestada una terminología de Hegel en el prólogo a la Fenomenología del espíritu, la instancia “sacerdotal” y la instancia “en pantuflas”. Si digo “camino por la calle Guatemala” no es lo mismo que decir “camino por la calle Guatemala hilando recuerdos”. 

En el primer caso tenemos un enunciado meramente descriptivo que atañe a mi persona, en tanto caminante, pero que se basa en zonas totalmente sabidas del lenguaje, sin alteraciones ni desvíos hacia ningún ámbito subjetivo, o hacia la utilización de anexos idiomáticos que dispersen la frase hacia impresiones personales o tensiones tácitas. En el segundo, se le agrega una mención a una forma de conciencia que o bien deja en segundo plano la indicación de lugar y la acción de caminar, o bien pone en compromiso tenso toda la frase al señalar otra actividad: la de recordar.
¿Pero habré dado bien los ejemplos? Distan mucho de parecerse a la precisión con que ciertos lingüistas analizaban enunciados como “el gato está sobre la alfombra roja”. Encuentro mis dos frases muy parecidas, pues la explícita carga subjetiva de la segunda versión le agrega a la acción de caminar, la de hilar. Se complementan bien, son ambas acciones que ocurren en planicies diferentes pero totalmente complementarias. Incluso, la “frase en pantuflas” podría ser camino por la calle Guatemala, pues a pesar de su aspecto indiferente y a-valorativo, encierra potencialidades tan prometedoras, tanto como las quita el agregado de “hilando recuerdos”. Así que si la distinción hegeliana no estuviera mal, por lo menos poco parece servirnos aquí. Para salir de lo que parecía una mera descripción, entre a una tradicional tejeduría de palabras.
Suele decirse, en un dicho popular que se lanza a criticar a quienes no saben vivir en la entremezcla de actividades y sentimientos, que es posible caminar al mismo tiempo que se mascar chiclets. El ejemplo es un poco rústico, pero recae su eficacia en que caminar y mascar son dos actividades corporales que entrañan cierta repetición, una regularidad algo mecánica. Además la palabra chiclets sigue vigente, por su extraña cualidad publicitaria, basada en la remota onomatopeya casi platónica del acto de mascar, que innegablemente tiene algo de gutural. En realidad, siempre se habla en pantuflas, pero siempre en toda actividad del hablante, hay una selección de actitudes o estilos que a veces llevan a que predomine el tono ceremonial. O “sacerdotal”. Es difícil no usarlo alguna vez o despojarse de él aún deseando hacerlo. Muchos contadores de chistes y personas que inspiran situaciones reideras, de todos modos pueden llegar a hacerlo con espíritu sacerdotal. Esa actitud no se refiere al contenido jocoso de los enunciados sino a la relación entre un uso resguardado y homogéneo de las palabras, y lo que se deja escapar de ellas hacia zonas derivadas donde reina el detritus, el tartajeo o un silabeo indescifrable, borroso.
Conversar no es una actividad fácil pero estamos obligados a pensar que lo es. No nos incomoda hacerlo con personas que hablan otros idiomas, y nos lanzamos a lidiar con ellos con dos o tres pobres palabrejas en inglés o francés. No pensamos que mejor sería no conversar al no poseer las mismas plataformas lingüísticas, propias de la libertad del hablante. ¿Cuál es la libertad del hablante? La que lo atenaza al mundo tácito de la palabra incompleta, el balbuceo inextricable, la palabra casi amasada en escupitajos, las interjecciones que acompañan gratuitamente lo dicho como si fuera necesaria una guarnición de farfulleos para significar que estamos hablando, acaso para no decir nada, o para confiar que los interlocutores entienden todo porque lo que hay que entender es que hay una temporalidad difusa del habla. Solo ese “hay”. Es lo que asimismo estaría poblado de silencios, exclamaciones amorfas, monosílabos casuales, dichos como una puntuación extraviada y fuera de cuajo. Somos más libres hablando entre espumarajos que exponiendo una lección sobre el pensamiento de Searle o Austin.
Sin embargo, tampoco están bien planteadas las cosas si las dejamos así. Es necesario que percibamos que en las secuencias expresivas, habladas o escritas, una línea muy formalizada de texto puede tener una aureola verosímilmente muy ampliada de posibles futuros que remitan creativamente a múltiples significados. Ya “hilvanar recuerdos” nos pone un cierre que sin embargo puede ser un añadido agraciado por una semi-poesía de disculpable trivialidad. Hilar recuerdos es una metáfora que incluye una brusca resolución que hace amable la frase pero no nos suma lo inesperado. ¿Pero es necesario que una frase contenga una secuencia inesperada? Grandes textos, siempre presentes en nuestra memoria, no solemos contarlos entre los que están en el número de los que tienen secuencias “inesperadas”. ¿Las tiene Hamlet, el Aleph? Quizás pueda decirse que suelen ofrecerse ante nosotros como si siempre fueran textos inesperados, aunque en todo momento resguardan el modo en que originariamente se encajaron sus palabras unas en otras. Ese encaje, sin embargo, ocurre siempre ante nosotros. Es como se estuvieran escribiendo, macedonianamente, al mismo tiempo que los leemos. E incluso, darnos a pensar que leemos lo que aun no ha sido escrito de ellos. Tan conocidos y desconocidos nos son.
Así como un texto ya fijado es seguro que corresponde a algún mito que demoró milenios en establecerse – y así podemos considerar los dos ejemplos arriba mencionados-, un coloquialismo extremo puede significar un conjunto de ampliaciones que corren la ceremonia del habla hacia un voluntarismo desceremonializado, que a veces se torna más sacerdotal que fresco e informal. Una conversación entre varias personas que discuten –lo que a veces exige reglas de debate, como en la usual vida política-, puede ser una olla de palabras incompletas y pringosas, con supuestos y formas tácitas que llegan a lo ininteligible, aunque el sentido derivado segundo pueda entenderse bien. Esto es, si es el honor o alguna forma de poder lo que está en juego. Del mismo modo, la búsqueda de la inteligibilidad absoluta, como en el lenguaje publicitario, puede prestarse a un ritual de cierre, a retóricas que hieran casi definitivamente un lenguaje.
Por eso, es este mi artículo de lingüista fracasado. Comencé con un ejemplo poco útil para mis propósitos pedagógicos, pero sumamente interesante en cuanto a disponer ciertas frases comunes para extraer conclusiones que ellas no dicen ni autorizan a decir. Pero así es la lengua. Hablar es un hecho desautorizante, ¡siempre!, aunque hablen los profetas, sacerdotes u ofrecedores de fórmulas hechiceras. Guatemala es calle arbolada y los grandes lingüistas siempre usaron ejemplos de árboles. También figura o participa en cierta manzana mítica. Aconsejo a los improvisados en asuntos de lingüística aplicada un paseo por dicha arteria o el recuerdo de ese paseo si lo hicieron antes. Y luego, ponerse a analizar otras frases. “Un paseo por dicha arteria” no sería un mal ejemplo, por la implantación obvia de la frase y su delicioso forzamiento, tanto de aspecto monacal como de buen usuario de chancletas.


*Sociólogo y ensayista. Director de la Biblioteca Nacional

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