18 diciembre 2009

Horacio González/ Clases medias, abran comillas

Clases medias, abran comillas.

Por Horacio González
(para La Tecl@ Eñe)
Ilustración. Daniel Santoro y Carlos Alonso
En una vieja carta de Jauretche a Cooke se habla de la clase media. La carta es de 1955, a lo sumo del 56, y se la lee en Cartas Peligrosas, el libro de Marta Cichero. Yo la había olvidado pero ante el oportuno recuerdo de ella, que surgió en una conversación con Juan Quintar, creo que podemos ponerla ahora en un lugar importante, quizás adelantado, en el tratamiento de la cuestión de la “clase media”. El escrito de Jauretche le reprocha a Cooke, amistosamente, que la forma en que están encarando acciones contra el gobierno que había derrocado a Perón –que implicaban el uso de distintas formas de lucha violenta-, enajenaba el respaldo de la clase media. Pero además, en un reproche directo a Perón –no era la única crítica que Jauretche le había hecho a lo largo de la difícil relación entre ambos-, le endilga que prefirió dar el voto femenino para duplicar el caudal electoral sin tener que molestarse en revisar su política frente a los sectores medios hostiles. Se aseguraba el voto popular y se daba el lujo de despreciar el voto del “medio pelo”.
Precisamente, esta noción, famosa desde que la usó Jauretche en El medio pelo, su muy leído libro de los años 60, intenta circunscribir un evanescente fenómeno social, las “clases medias”, y en el caso de ese libro, con la intención de criticarlas en los aspectos referidos a su construcción simbólica, con el propósito de atraerlas –ya producida esa crítica fenomenológica- a un verdadero “frente nacional y popular”. La crítica de Jauretche se dirigía hacia ese mundo de reproducción simbólica basado en prestigios y consagraciones tan vacuas desde el punto de vista moral e intelectual como efectivas para mantener a esos sectores en la inocuidad histórica. Pensando en una premisa de “modernización estructural” – Jauretche había asumido en gran parte el lenguaje desarrollista y los temas de la “sociología del prestigio” de moda en su momento, y fue un interesado discípulo de ella- las clases burguesas debían reconstruirse en una gran autocrítica que las desembarazara de su alianza cultural con los proyectos de las elites tradicionales y poseedoras. En suma, el “medio pelo” era una noción para señalar hasta que punto las clases medias pequeño burguesas y burguesas, se jugaban a sí mismas en contra, marginándose del espectro social que reclamaba el epicentro reconstructivo de la nación, cuyo sagitario eran los trabajadores.
Cooke toma en serio estas apreciaciones, y se muestra adverso a ellas. En sus cartas a Perón suele indicar que los ex-forjistas que están colaborando con Frondizi en virtud de sus tesis sobre la “clase media”, no son otra cosa que los representantes de ésta antes que los críticos de la facilidad con que esos sectores –tal como lo habían dicho en su publicística de los años 40- tomaban los discursos proimperialistas. La posición que expresaba el cookismo sobre las clases medias partía de las tradiciones revolucionarias clásicas. Se trataba de grupos “vacilantes” que eran atendibles solamente cuando el estudiantado, que provenía de ellos, era capaz –tanto como otros estratos intelectuales-, de negar su “extracción de clase” y dar el salto hacia los intereses históricos alternativos. Del modo que sea, esta cuestión se arrastra pesadamente como tema crucial del pensamiento político y nunca dejó de estar presente en los estudios sociales como en las incógnitas políticas, muchas veces transformando unas en otras y viceversa.
Un caso interesante, al que ya he aludido muchas veces, es el modo en que Jauretche ingresa a la cuestión sociológica, tal como la trataban las carreras de ese nombre que habían sido fundadas a fines de los años cincuenta y en los sesenta. Como éstas se munían de un conjunto de hipótesis y lenguajes que reclamaban el nombre de ciencia –para lo cual hubo un gran esfuerzo para “normalizar” un conjunto de vocablos, establecer una gramática, un diccionario, etc., lo que hoy podemos considerar un proyecto ingenuo y fracasado-, Jauretche era visto como un “outsider” que solo transitaba un terreno incierto, con terminologías vagas o literarias, denominadas despectivamente “impresionistas”, mientras que el autor del Medio pelo, en realidad, estaba atraído por esos conocimientos e intenta homologarlos en su libro, que precisamente se subtitula apuntes para una sociología nacional. Es así que Jauretche se convierte en un usuario realmente interesado en la “materia prima” que provee esa bibliografía sobre la clase media, en tanto es criticado por no poseer un lenguaje adecuado para la correcta “excepción” de esos temas. El tiempo, sin duda, ha saldado a favor de Juaretche esta cuestión, pues en algún lugar de la historia de las ideas, tal como fuimos capaces de escribirla entre nosotros, hay que poner el hecho de que había percibido casi todas las perspectivas analíticas que se hallan en la obra de Pierre Bourdieu en torno al modo en que los aparatos educativos transcriben, en términos de modalidades de intervención simbólica, la creación de sujetos sociales.
El concepto de distinción de Bourdieu, que es la clave de una conciencia forjada en los aparatos pedagógicos que reproducen como tarea suya esencial la desigualdad social a través de un “capital de símbolos”, ha sido dicho de muchas otras maneras por Jauretche. Se dirá que es relevante el modo diferente en que cada uno lo dice, pues Jauretche usa un lenguaje que evoca las poéticas gauchescas del siglo XIX y el criollismo yrigoyenista del siglo XX, y Bourdieu usa un lenguaje estricto proveniente de la teoría social de los signos y de un riguroso trazado sobre la noción del sujeto, en debate con el marxismo y el existencialismo. Sin embargo, no hay tantas diferencias cuando percibimos que cada uno lo dice con lenguajes igualmente elaborados y con gran nivel de abstracción (a pesar de que Jauretche se cree un empirista o inductivista), logrando semejantes resultados cunado analizan como se reconstituyen los grupos sociales a través de figuras de dominio que se basan en implícitos saberes aparentemente neutros, emanados de los medios de comunicación, los clishés del lenguaje, las certificaciones académicas, las citas mutuas, los ejercicios reglados de respetabilidad artificial, los horizontes de obviedad que surgen del sentido común del aparato comunicacional y pedagógico, que se presenta impermeable al examen de sus condiciones de producción.
Las clases medias, como abstracción mental o cultural, serían explicadas precisamente por esas condiciones de producción, y aparecerían entonces como cierto tipo de producción simbólica puesta como "capital intelectual” producido y reinvertido en el aparato productivo. Se revela así esencial en la instancia cultural para la reproducción de las fórmulas encubiertas de dominación. Jauretche había descubierto que había que presentar batalla en ese espacio cultural; de ahí la crítica, en su momento, a los planteos revolucionarios de Cooke, de los que temía que iban a resquebrajar “el gran frente nacional”, mientras que, como es obvio, esta idea era respondida con una crítica al desarrollismo y a la ignorancia del papel promotor esencial que tendría la clase trabajadora como sujeto de la historia. Cooke era un luckasiano; tempranamente había leído al filósofo húngaro, autor de Historia y conciencia de clase, libro capital de los años 50 y 60 en el cual la dialéctica se definía “como el punto de vista del proletariado”. [Y esto más allá de las polémicas sorbe este libro y las posteriores opiniones del mismo Lukács sobre él.]
En la sociología jauretcheana, a diferencia de estas lecturas cookistas eminentemente calificadas, se mostraba pródigo el anaquel que proveía la sociología progresista que trataba críticamente temas como el de “los buscadores de prestigio”, y sobretodo el punto de vista crítico sobre los sujetos apaciguados y alienados de las grandes corporaciones burocráticas, los white collars, los “cuellos blancos”, centro de la crítica que el pensador de izquierda Charles Wright Mills había realizado a las “elites del poder” norteamericanas. El libro sobre los Cuellos blancos había salido en 1951, y apenas traducido, había hecho un largo recorrido en los ámbitos latinoamericanos, sobretodo en la Argentina. Allí se retrataba a esos sectores de empelados como constructores de un espíritu pasivo ante la historia, fruto de un esquema de opresión que aceptaban de buen grado, a la manera de una servidumbre voluntaria, pues en ello se basaban las lógicas de prestigio, ascenso social y lucha por la existencia que emana del canon norteamericano heredero del puritanismo y su módica transgresión, cuestión a cuyo examen se dedicó la denominada “novela negra”. En paralelo, las grandes obras ficcionales de la época, como La muerte de un viajante, El hombre del traje de franela gris, el Halcón Maltés, etc., ofrecían el ambiente moral desolador en la que desarrollaba la búsqueda imposible de las pequeñas criaturas: escapar de un destino de clase aplastante o someterse al horizonte mental de sordidez reinante. De alguna manera, estos temas y autores, desde la sociología o desde la literatura liberal-progresista, intentaban dotar a los estratos medios de una suerte de “conciencia de clase activa”, concepto que sin duda provenía de los debates de época sobre el peso agobiante de las conductas de “mala fe”, crítica en la que sobresalía la obra de Sartre.
Los estudios sobre las clases medias, bajo el concepto de los “empleados” –es decir, el sector preso no a la producción sino al consumo de signos culturales que permiten generar “identidad por el gusto”-, ocupa una parte de la Sigfierd Krakauer, a quien Adorno llamó el extraño realista, quién intenta llevar a la práctica en términos de una microsociología, el pavor de la vida del “empleado” sumido en una red de pequeñas sumisiones, a la manera de Gregorio Samsa, pero sin las consecuencias en el ámbito familiar de la conciencia ritual de la máquina administrativa productora de éticas disciplinarias, lo que Max Weber intentaría describir con atributos de dignidad mientras Fraz Kafka lo introducía en una metafísica repleta de humor aciago y sabor bíblico.
Grandes tramos de la literatura argentina tratan esta cuestión, basta mencionar Los siete locos de Arlt, novela en la que la vastedad de temas no nos impide ver en Erdosain la figura caída de un empleado de una fábrica que sale de su condición social solo para protagonizar un enredo de alquimistas, nigromantes y complotados, pero bajo la metamorfosis que cobra fuerza astrológica y expresionista a partir de la vida magullada de un administrativo fracasado que cumple con sus ensueños líricos burgueses pero no a través del matrimonio burgués sino de una gran catástrofe, casi una venganza apocalíptica de fuego y suicidio, contra el horizonte “clasemediero” que impide crear individuos libres.
Una historia de la clase media argentina desde los años 30 en adelante –fecha arbitraria pero contundente, podemos elegir otras incluso del siglo XIX-, es una desafío casi insoluble. No sabríamos qué énfasis escoger de una historia educacional argentina, que siga las vetas del llamado “ascenso social” –un concepto demasiado previsible e inespecífico- sin dejar de atender la historicidad que siempre se presenta como la veta interna de un lenguaje a ser construído. ¿Cómo se construyó el lenguaje de la “clase media” atendiendo a la aparición misma del concepto de “clase media”? No sería difícil seguirlo en publicaciones clásicas o en los testimonios remanentes de aquel lenguaje hablado por seres concretos, socialmente situados. El crecimiento del cuerpo docente centralizado, munido de procedimientos, de metodologías, la educación que se ofrece como un aparato promotor de conciencias cívicas, los proyectos que se felicitan de que un espacio escolar especialmente fundado para ello, imprimirá en las nuevas almas que no sospechan enteramente su destino, un idioma y una sensibilidad nacional –así lo escribe confiadamente J. M. Ramos Mejía antes que finalice el siglo XIX-, que cimentará un ejercicio gigantesco de integración y comprensión de una memoria colectiva que primero parecía impuesta y luego palpitaría como un sello autónomo que ya acuñado, se lanzaba al mundo como un himno convencido de sus libertades. Novelas como las de Andrés Rivera –El verdugo en el umbral- o de Nicolás Casullo –El frutero de los ojos radiantes.
Si el itinerario de clase de estos sectores medios lo siguiéramos por un puñado de revistas que ocupan el quehacer publicístico de todo un siglo –Caras y caretas, La novela semanal, Plus Ultra, El Hogar, Antena- percibiríamos que hay una lenta línea de construcción de una teoría del gusto, aún imprecisa, que será luego la clave de que la “clase media” pareciera ser un concepto “macizo” y se presentara al mismo tiempo con el poder de su gran ambigüedad. Si en un polo de la descripción de la clase media hay que considerar el autoreconocimiento balbuceante (es habitual escuchar “nosotros somos clase media” como la indicación de un objeto que sin embargo se escurre de inmediato), en otro polo hay que admitir que una suerte de “salario del gusto” se ejerce cuando se expresan identidades a través de símbolos de consumo o del lenguaje como un sistema de tópicos posicionales (lo que no señala ningún objeto real de conocimiento pero construye una trama muy sólida de situaciones que distribuyen personas y lenguajes a través de invisibles barreras sociales en lo que parecería una planicie sin estamentos ni diferencias. El salario del gusto sería la atribución mutua de asignaciones de goce y presunción en una retícula que propone en forma incesante un intercambio de dones huidizos y engañosos, que no dejaban de ser los dulces simulacros que ya las tesis de las aristocracias científicas de comienzos del siglo XIX habían condenado bajo la denominación de “simuladores del talento” u “hombres mediocres”. Estas condenas deseaban elaborar para el país una “clase media” pero estableciendo claras barreras entre lo socialmente bajo y lo adecuadamente alto en materia de distinción espiritual, pero a un tiempo que se pronunciaban a favor del estamento social y mental intermediario, le dedicaban fervorosos anatemas.
Llamaríamos “clase media baja”, según un recurso descriptivo habitual, a un infrasector que desglosa a la clase media en dos campos según ingresos y simultáneamente, según el modo en que se utilizan técnicas de encubrimiento de las posiciones a través de ornamentos del goce o el grado en que se preparan las escenas de expresión de la subjetividad. En el limbo de las clases medias bajas hay una expresividad en la que todavía no hicieron su trabajo los cincelados pedagógicos de las pequeñas técnicas cortesanas, ese cálculo de respetabilidad que es la moneda acuñada de los intercambios de respeto y competencia. La televisión de masas ha venido a erosionar ese tabique imaginario y resistente entre lo alto y lo bajo, pero no puede suprimirlo porque se desplomaría la arquitectura de los consumos amasados con el pan de la imaginación. El personaje televisivo llamado “Mirtha Legrand” encarna una de las claves del lenguaje estamental claveteado con la fuerza de la “insinuación”, es decir, del habla indirecta que mantiene la escena doméstica, el anfitrionazgo con simulacros de aristocracia baja, pero expulsa una segunda cuerda indirecta que desmantela todas las escenas galantes y cordiales con la amenaza de la mazmorra.

Una manera de relatar el pequeño drama etnográfico de las clases medias frente al peronismo –que introducía la idea de un amor kitsch en la escena pública, lo que vulneraba las lógicas del cuchicheo y la intriga sentimental de los tálamos que cultivaban el sigilo y la resignación-, la logró Nicolás Casullo a través de las imágenes briosas salidas de su gozoso taller de estampas. He aquí una historización de las peripecias de la clase media frente a su otro constitutivo, el peronismo: “Viene desde aquella su ingenua estación inaugural de los años 50, donde él se puso el sombrero y la corbata con alfiler, ella la permanente y la pollera tubo, y ambos salieron casi virginales pero envenenados a festejar en la Plaza de Mayo la caída de Perón al grito de “no venimos por decreto ni nos pagan el boleto”. Cancioncilla tan escueta como cierta, interrumpida por saltos en ronda a la Pirámide para entonar “ay, ay, ay, que lo aguante el Paraguay” sin ningún tipo de grosería ni mala palabra con las que hoy se luce cualquier animador de pantalla pero nunca mi padre. Después la clase volvió a meterse en casa para advertir, con menos recelo, que los morochos sobrevivían a todos los insecticidas ideológicos y censuras, y para dedicarse no sin cierto cansino asombro a departamentos en consorcios, fiats en cuotas, palmitos con salsa golf y vino rosado. Recién a fines de los 60, principios de los 70 el gran estamento medio recibió la primera monografía fuerte a componer, de la cual culturalmente no se repuso nunca jamás, para entrar en cambio en el jolgorio y la confusión liberadora de distintos eros. Fue cuando los hijos, ya grandulones, arruinaron cada cena o almuerzo dominguero con la ‘nacionalización de las clases medias’…”
Todos los temas de actualidad del pensamiento mesocrático se encuentran maravillosamente tratados aquí. En primer lugar, la definición de la clase media por rasgos de indumentaria que no son solamente accesorios, sino que traducen arquetipos del lenguaje, formas de la lengua, como “pollera tubo”, que pueden alcanzar el carácter de un pasaje significativo del sistema de la moda a la representación de clase. La forma etnográfica de la clase alude a modalidades de la comida, los utensilios mecánicos domésticos, la reunión de consorcio y el mundo enigmático de las cuotas, préstamos, salarios: todo ello bajo cotejos comparativos y abismales, núcleo de la conversación secreta del hogar. Luego, los vástagos, que en algún momento de la historia argentina entrometida en la historia nacional, irrumpirían a la mesa donde quizás se estuviera degustando palmitos con salsa golf para proclamar sus lecturas de Hernández Arregui y, como dice Casullo, la “nacionalización de las clases medias”, concepto radiante del sector nacional-popular que en él quería ver la tarea consumada de una gran captura, como la conquista de Roma por los bárbaros, no venidos de lejos sino del subsuelo.
Eran tramos de una gran radiografía de los estratos definidos por los “consumos simbólicos”, según desfilaban las etapas políticas del país, donde al igual que en alguna película de Ettore Scola, en una misma escena doméstica, la reunión familiar o la cena frente al televisor, se superponían los momentos de la turbación pública regida por la gran discusión: peronismo y antiperonismo, libertad como simulacro o libertades colectivas. Eran discusiones fundamentales, que podían “arruinar la cena”, sobre los tramos más candentes de las teorías políticas, por qué se actúa, que nos lleva a juzgar, cómo sentimos que al hablar se mueve la aguja recóndita del miedo. Miedo, acción, juicios personales, todo ello como pedruscos íntimos de la subjetividad, eslabones esenciales del debate sobre la cultura. Lo que es lo mismo que decir, en el plano de las fantasmagorías: el debate sobre la clase media como ser social. En fin, detengo aquí esta nota, que puede desarrollarse en muchas direcciones. Las clases medias argentinas, de donde surge la conversación sobre el tiempo histórico pero bajo la forma de consigna que en su levedad asombra por su condición de acertijo capital (“no venimos por decreto ni nos pagan el boleto”), no pueden ser abominadas ni despreciadas, pues ese es también un rasgo de las clases medias, que laboran un infinito sentimiento de autocondena. Deben ser miradas sin risa, ni espanto, ni lloriqueo, ni odio, quizás a la manera spinoziana, que sin saberlo ni importarse de ello, cultivó Jauretche. Abriendo comillas al hablar de ellas, señal de ironía, pero también de disposición a la reflexión sobre cómo importan los símbolos en la acción política, y cómo suele escapar el lenguaje de entender acabadamente lo que está conminado a pronunciar.

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